El
ascensor
Se abren las puertas del ascensor. Adentro está el vecino y saluda: -¿Trajiste helado?-
Claro, dice ella, y entra en la caja metálica.
-¿En serio? ¿Trajiste helado?
-Sí, traje helado... ¡Sí!
El vecino acostumbra a preguntar varias veces la misma cosa. Se cierran las puertas del ascensor, que es amplio, están los dos solos.
Se abren las puertas del ascensor. Adentro está el vecino y saluda: -¿Trajiste helado?-
Claro, dice ella, y entra en la caja metálica.
-¿En serio? ¿Trajiste helado?
-Sí, traje helado... ¡Sí!
El vecino acostumbra a preguntar varias veces la misma cosa. Se cierran las puertas del ascensor, que es amplio, están los dos solos.
Él
la mira de pies a cabeza, hace gestos de asentimiento, ¡Bien eh!, le dice.
Aprueba el vestuario, un impermeable beige, sus piernas largas en calzas
negras, botas de taco muy alto.
-No me mires… me ponés nerviosa…- dice Bárbara suave, con una sonrisa tímida.
-¿No te puedo mirar?- (el vecino sigue preguntando lo que ya se le ha dicho.)
El ascensor sube.
Empiezan a hablar de cualquier cosa, se ríen de algo. Barbarita agarra la mano del vecino, le toma el dedo índice, lo pasa por su pierna, le dice: "mirá", quiere que él sienta las medias con liga que están debajo de las calzas.
El vecino se le va encima, la besa bruscamente, devorando, la gira, la aplasta contra la pared, le hace sentir el peso de su cuerpo, le apoya la pija bien dura en el culo, le tira un poco los pelos, la mordisquea, la besa en el cuello chorreando saliva. Barbarita se queja un poco susurrando, sonríe, asiente ese ataque brusco y dulce.
El ascensor sube.
En el piso del ascensor está tirada la ropa. Sin calzas, Barbarita lleva medias con liga, un calzón transparente, lencería negra muy escotada. Ella pide quedarse con las botas puestas. Le llevó un buen tiempo desabrochar tantos botones del vecino, los disfrutó. "Vecino impecable, vecino preguntón".
Se cogen con las ganas de los desconocidos. Se cogen bien, se lamen. Ella podría chupar esa pija durante largos días, con gusto.
El ascensor sube.
Primero parados uno frente al otro, después: "te quiero coger en cuatro". Ella es obediente. Él quiere acabarle en las tetas, en la cara.
El ascensor sube. Se detiene.
Quedan recostados en el piso, él tiene papel, se limpian el enchastre. Barbarita le apoya la cabeza en el pecho, está divertida, hace chistes, le besa la tetilla. Él está un poco rígido con ella recostada entre sus brazos, se inquieta, se mueve.
-No me mires… me ponés nerviosa…- dice Bárbara suave, con una sonrisa tímida.
-¿No te puedo mirar?- (el vecino sigue preguntando lo que ya se le ha dicho.)
El ascensor sube.
Empiezan a hablar de cualquier cosa, se ríen de algo. Barbarita agarra la mano del vecino, le toma el dedo índice, lo pasa por su pierna, le dice: "mirá", quiere que él sienta las medias con liga que están debajo de las calzas.
El vecino se le va encima, la besa bruscamente, devorando, la gira, la aplasta contra la pared, le hace sentir el peso de su cuerpo, le apoya la pija bien dura en el culo, le tira un poco los pelos, la mordisquea, la besa en el cuello chorreando saliva. Barbarita se queja un poco susurrando, sonríe, asiente ese ataque brusco y dulce.
El ascensor sube.
En el piso del ascensor está tirada la ropa. Sin calzas, Barbarita lleva medias con liga, un calzón transparente, lencería negra muy escotada. Ella pide quedarse con las botas puestas. Le llevó un buen tiempo desabrochar tantos botones del vecino, los disfrutó. "Vecino impecable, vecino preguntón".
Se cogen con las ganas de los desconocidos. Se cogen bien, se lamen. Ella podría chupar esa pija durante largos días, con gusto.
El ascensor sube.
Primero parados uno frente al otro, después: "te quiero coger en cuatro". Ella es obediente. Él quiere acabarle en las tetas, en la cara.
El ascensor sube. Se detiene.
Quedan recostados en el piso, él tiene papel, se limpian el enchastre. Barbarita le apoya la cabeza en el pecho, está divertida, hace chistes, le besa la tetilla. Él está un poco rígido con ella recostada entre sus brazos, se inquieta, se mueve.
Entonces.
Barbarita se da cuenta de que está en el ascensor con el vecino.
Otra
vez.
Ahora
sí, el ascensor comienza a bajar.
Se visten un poco, el vecino recuerda el helado: ¿Lo abro? Sí, dice Barbi. Ella eligió los sabores tratando de adivinar cuáles preferiría él.
Comen helado semi vestidos, semi sentados, contra la pared del ascensor. Él habla sin parar, pregunta o recuerda datos. Cuantifica, califica. El vecino es de esas personas que ordenan y entienden las cosas con datos precisos, conocimiento vasto y almacenable. Barbarita sabe hablar muy poco de esa manera, ella prefiere inventar cosas. Las palabras no le interesan tanto por su valor de decir algo concreto.
Por eso quiere escaparse o morir cuando el vecino le pregunta: qué películas, cuántas, qué director, porqué si es malo, qué libros, desde cuándo, hasta dónde, en qué librería, de qué calle…
El ascensor baja.
También hay silencios. Y son eternos, sobre todo para el vecino que se apresura a sacar otro tema. Pero antes de que eso pase de nuevo Barbarita va a decir: te quiero contar algo, estoy embarazada.
El ascensor sigue bajando.
-¿En serio?, dice el vecino. Sus ojos se agrandan por la sorpresa y parecen más verdes que antes. En serio, afirma Barbi.
Silencio. El vecino mira el techo luminoso pensando, y dice:
-¿pero no tenés otro?...
-sí… de un año…
-¿Rapidito no?
Bárbara levanta los hombros, apoya una mejilla en el hombro derecho, y los vuelve a bajar
-¿y para cuando esperás?
-para fines de año-
-mirá vos... bueno... ¡Felicitaciones!
-gracias... dice Barbarita. Baja la mirada y hace una mueca parecida a una sonrisa.
El ascensor baja.
Comienzan a vestirse, se reanuda la conversación de nada. Están próximos a llegar.
El vecino saca un perfume, se perfuma y aclara: me lo pongo todos los días porque no me gusta, así se gasta más rápido.
-me parece rico, dice ella.
-A mí no me gusta, me lo trajo mi mamá de españa, le pedí que me traiga un perfume y me trajo este "porque piensa que es lo más", dice burlón. Barbarita sonríe, piensa: "vive rodeado de mujeres frívolas".
El ascensor llega.
Se abren las puertas, entra mucha luz y aire fresco. Afuera es un día soleado y frío, limpio.
Caminan juntos unas cuadras, charlan. Parecen ser buenos amigos. Parece que entre esos dos pasa algo. Parece.
Se visten un poco, el vecino recuerda el helado: ¿Lo abro? Sí, dice Barbi. Ella eligió los sabores tratando de adivinar cuáles preferiría él.
Comen helado semi vestidos, semi sentados, contra la pared del ascensor. Él habla sin parar, pregunta o recuerda datos. Cuantifica, califica. El vecino es de esas personas que ordenan y entienden las cosas con datos precisos, conocimiento vasto y almacenable. Barbarita sabe hablar muy poco de esa manera, ella prefiere inventar cosas. Las palabras no le interesan tanto por su valor de decir algo concreto.
Por eso quiere escaparse o morir cuando el vecino le pregunta: qué películas, cuántas, qué director, porqué si es malo, qué libros, desde cuándo, hasta dónde, en qué librería, de qué calle…
El ascensor baja.
También hay silencios. Y son eternos, sobre todo para el vecino que se apresura a sacar otro tema. Pero antes de que eso pase de nuevo Barbarita va a decir: te quiero contar algo, estoy embarazada.
El ascensor sigue bajando.
-¿En serio?, dice el vecino. Sus ojos se agrandan por la sorpresa y parecen más verdes que antes. En serio, afirma Barbi.
Silencio. El vecino mira el techo luminoso pensando, y dice:
-¿pero no tenés otro?...
-sí… de un año…
-¿Rapidito no?
Bárbara levanta los hombros, apoya una mejilla en el hombro derecho, y los vuelve a bajar
-¿y para cuando esperás?
-para fines de año-
-mirá vos... bueno... ¡Felicitaciones!
-gracias... dice Barbarita. Baja la mirada y hace una mueca parecida a una sonrisa.
El ascensor baja.
Comienzan a vestirse, se reanuda la conversación de nada. Están próximos a llegar.
El vecino saca un perfume, se perfuma y aclara: me lo pongo todos los días porque no me gusta, así se gasta más rápido.
-me parece rico, dice ella.
-A mí no me gusta, me lo trajo mi mamá de españa, le pedí que me traiga un perfume y me trajo este "porque piensa que es lo más", dice burlón. Barbarita sonríe, piensa: "vive rodeado de mujeres frívolas".
El ascensor llega.
Se abren las puertas, entra mucha luz y aire fresco. Afuera es un día soleado y frío, limpio.
Caminan juntos unas cuadras, charlan. Parecen ser buenos amigos. Parece que entre esos dos pasa algo. Parece.
Se
dan un beso en la mejilla y se despiden hasta la próxima.
No hay comentarios:
Publicar un comentario