domingo

Ring Side


Ocupate de lo tuyo.

Hacete grande.

Crecé, crecé.

Desplegá ese dolor, dale palabras,

tomá otras cosas,

hacete hueco de las resonancias.

Repicá. 

Replicá.

Llamá a las voces del mundo para que te calmen.

Clamor.

Las voces que digan mil cosas, todas distintas.

Lo diverso.

Hay mundo.

Es tuyo.

Salí.


sábado

Los niños de Palermo no tienen niñera



Mariela ya no viene a trabajar. Me llamó la hermana, dice que no puede levantarse, “la acompañamos al baño porque no puede pararse”. Está así desde el martes pasado, que le hicieron la biopsia. “Al otro día le dolía todo, queríamos llamar a la ambulancia. La salita de acá nos dejaron en banda. La que me atendió me dijo si tiene obra social, ah, que se haga cargo la obra social”.


Mariela tiene OSPACP, “Obra social del personal auxiliar de casas particulares”. Mariela tiene 42 años, un hijo de 18, una hija de 20, una nieta de 1 año, 7 hermanos, son 4 varones y 4 mujeres. Todos ellos viven en Berazategui, cerca unos de otros.

Ella tarda 2 horas en llegar de su casa a Palermo, el barrio joven bien de la ciudad capital en donde trabaja.

Llega a buscar a mis hijas al jardín, las acompaña, les saca el guardapolvo, les hace la comida, les cuenta cuentos, les dibuja, las lleva a la plaza, las baña, les hace nebulizaciones cuando se enferman.

Hace dos meses empezó con esto de que “me duele la garganta”. Fue al médico en Berazategui, primero la salita, después un hospital, también pagó una consulta privada. Le dijeron: no tenés nada. Así pasaron los días, perdió muchos kilos. La escuché atragantada en mi casa tomando agua “hoy no pude comer ni el yogurt” me dijo. “Vamos Mariela, vamos a una guardia”. Pasamos por tres hospitales, tierra de nadie.


Al final, en un gran hospital de capital, acompañada por mí, licenciada universitaria, tomaron el caso de Mariela en serio, comenzaron los estudios.


Mis hijas salen del jardín, las voy a buscar. Suspendí varios días de trabajo para poder ocuparme. Cuando mi hija de 3 años me ve en la salida del jardín me dice: -“¿porqué viniste mamá?… porque Mariela está enferma”- responde, ella sola.

“Si sos pobre, te cagás muriendo”, pienso.

La hermana me explica: “en la obra social no me atendían, tardé dos días en que mandaran la ambulancia. La ambulancia del hospital me decía: -si tiene obra social, no-“.

Entre tanto, Mariela me pide que reciba a su sobrina para cuidar a mis hijas.

Así llega un día Karina, de 19 años. Es la Amy Winehouse del conurbano: una abultada cabellera teñida de negro azabache, un aro pequeño, esférico, negro, entre su nariz y su boca. Flaquísima, dulce, con una musculosa y las tetas bien arriba.

Ella crió  a sus hermanos, crió a sus sobrinos. Hasta ahora trabajaba en un circo: repartía volantes durante la semana, acomodaba a la gente en sus asientos los días de función del circo.

Karina tiene 2 hermanos y una hermanita, de 12, 14 y 3 años.  Todos de distinto padre. Conoce a su padre, de lejos,  a veces lo ve y lo saluda “tiene un montón de hijos”. Nada de esto le sorprende, es algo común en su barrio, en su ciudad.

Karina anda por casa acompañada por un teléfono celular que reproduce música a todo volumen. Cumbia. Románticos.

Dejó de estudiar hace 3 años, cuando murieron sus 2 abuelos maternos en el mismo año, en circunstancias de mala atención sanitaria.

Recibo a Karina y me pregunto si me ayudará más su presencia de los problemas que me pueda causar.

-Ahora te voy a hacer un tour por la casa- le digo.

 -¿Qué es un tour?-, pregunta.

Me deja pensando.

-Tour es una palabra en francés, significa visita, paseo,  como “tour de viajes”, ¿no?-

-No- me dice.

Quiero que vuelva Mariela. Me encierro por momentos, cuando ya no aguanto. Me quedo llorando, rezando para que se levante, que pueda comer, que se cure, que esté bien. La última vez que pude hablar con ella me dijo: -cuando arregle mis problemitas, vos sabés que voy a ir-.

“Problemitas”, me dijo.

Voy con Karina y mis hijas a la plaza, le estoy enseñando cuáles son las rutinas. Vamos por la vereda soleada. Karina lleva el carrito. Mis hijas de un año y medio y tres años suelen correr por la vereda cuando hacemos este paseo. Esta vez las tengo agarradas muy fuerte a mi dedo índice, no quieren correr, cada una apreta un dedo y camina a mi lado. Como si la presencia de esa nueva niñera significara algo a lo que no habría que acostumbrarse, un cambio no deseado y definitivo.

En la plaza resplandeciente de Palermo nos cruzamos con un famoso periodista político de la tele que paseaba a su perro. Estuve a punto de decirle a Karina que mire, quién era. Luego entendí que no iba a saber de qué le hablaba.


miércoles

Encuentro


Estuve con Pulgarcita y Pedro.
Me gusta Pedro,
por un momento sentía que le iba a agarrar la mano,
que íbamos a besarnos,
porque era lo único coherente que podía pasarnos,
ahí,
sentados uno al lado del otro,
y no.
no nos besábamos
y escuchábamos la exposición larga
y yo me distraía por ese calor que adivinaba o sentía,
no sé,
a mi lado, de su cuerpo, su pie moviéndose frenético,
rítmicamente, inquieto,
no paraba
y yo pensaba que era eso, que se movía el pie porque sabía.
El pie sabía que lo nuestro era para besarse
y no para estar ahí escuchando nada.
pero apenas nos conocemos,
y no se puede,
no hay motivo,
y ahí
uno dice:
¿como se llega a los besos?
¿cómo las personas se besan finalmente y dejan de fingir que lo demás importa?

domingo

Poesía para Sri Sri Shankar


Soñé que le mandaba un mensaje y que él me llamaba.

Era inesperado, y un momento inadecuado, pero hablábamos.

De nada.

Y sabíamos que fingíamos una falsa naturalidad, 

hacíamos el esfuerzo de contacto,

era incómodo.


En mi casa todo es más claro, al mediodía es más claro en mi casa.

La luz le gana al hueco, al agujero en donde muere mi departamento.

Se mete por todos lados, la luz vence.

Entra por la ventana, resplandece.

Sólo al mediodía entra toda la luz y es de día.

Dura poco rato, como en mi vida.

Luego se sume todo a la oscuridad.

Hay personas que resplandecen siempre.