Cuando un gato te lame, se siente
áspero, raspa. Es un cariño difícil de aceptar, pero imposible de rechazar para
quien ama a un gato. Cuando el gato lame lo hace como una muestra de profundo
cariño, es el summun del ronron, la entrega total.
Por eso uno lo acepta y se deja raspar en el cachete o en la mano,
aunque duela, aunque sea un disgusto y por lo general la escena amorosa termina con un “bueno bueno, ya está”.
Porque los gatos aman así, indiferentes, solitarios, y si no aman
ásperos, o totalmente blandos, derretidos sobre el cuerpo de uno, aman
entregando su cuerpo muerto y caliente. Un cuerpo que vibra y hace el ruido de
una heladera antigua que arranca.
No se le puede pedir al gato que venga a amarte cuando él no
quiere, y tampoco entonces uno se digna a rechazarlo cuando te lastima con su
lengua de lija.
El perro derretido no existe, a lo sumo se relaja mucho con los
mimos y el sueño, pero en cuanto uno quiere levantarlo para ponerlo en otro
lado vuelve la tensión, vuelve a su cuerpo. En cambio el gato fiel se funde y
queda en trance. Se dejaría matar, porque en el momento en que ama, no
sospecha.
Así fue que una vez me encontré con un hombre que era un gato.
Pero era uno de los felinos grandes, cuando me ponía la mano encima era el león
que me aplastaba con el peso de su garra, un manotazo fuerte, que me empujaba,
y recorría mi cara desfigurándola. Cuando quería acariciarme yo debía oponerle
fuerza para que no me derribara.
Imaginen al gato que se refriega entre las piernas, que empuja su
cuerpito contra uno con toda la pasión, imaginen a mi gato hombre, con ochenta
kilos haciendo eso cuando se me aproximaba, y yo quedaba como de papel,
doblándome ante el topetón, resistiendo, hasta que él sintiera que lo aceptaba,
que podía poner su lengua encima mío, podía comenzar el ronron y derretirse,
perder la fuerza y ganar mas peso, entregarse totalmente sin sospechar, porque
yo estaba ahí para amarlo, para recibir su abrazo torpe, y el mayor de los
regalos, que deseara lamer completo mi cuerpo sin comerme.
Y el hombre gato habla, y en el momento de taparme con su cuerpo, respira y dice cosas, me cuenta sobre sus sueños, sus pensamientos, sus ganas
de cogerme agarrando mis caderas, empujando fuerte, me dice de su calentura
conmigo brindándome el vapor caliente de sus palabras junto a mi oído.
Este es el hombre que me encontré una vez en la cama. Una de esas
cogidas vale lo que haya que inventar en la vida hasta que acontezca. Para
mascotas boludas hay tiempo. Yo me quedo con mi tigre de bengala.
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